Embajada de Costa Rica

Periodo Coñonial- sigloas XVII Y XVIII

 
Durante la colonia Costa Rica formó parte del Virreinato de Nueva España, y fue desde 1574 Costa Rica la dependencia más austral de la española Capitanía General de Guatemala, Intendencia del Virreinato Neo español, situación en la que permaneció hasta su independencia.
 
La lejanía de la ciudad de Guatemala y su carencia de riquezas agrícolas o mineras provocaron que se encontrara en total abandono por parte de las autoridades españolas de México y Guatemala, sin embargo esto facilitó que Costa Rica se desarrollara con mucha mayor autonomía que otras provincias de Centroamérica. El interés relativo que mostraron los colonizadores hacia esta región modificó algunas de las situaciones características que se dieron en otras naciones, dotando a Costa Rica de algunas peculiaridades, por ejemplo algunos estudiosos, entre ellos Carlos Gagini y Roberto Brenes Mesén, sostienen que parte de la idiosincrasia nacional se formó durante esta época colonial, en donde las privaciones de tipo material eran el común para todos y al no haber una fuerte mano de obra indígena y africana, tanto el Gobernador Provincial como el más humilde de los campesinos, esclavos y amerindios, tenían que velar cada cual por su sustento y por el de sus familias, creándose así una sociedad más igualitaria y menos regida por castas. Nuevos estudios han demostrado que en la Costa Rica colonial, y sobre todo, a partir del siglo XVII, se empezó a cimentar una marcada diferenciación social, con una élite comercial y terrateniente que manejaba a antojo los hilos de la economía y la política interna.
 
El desarrollo del territorio se produjo a partir de una economía agrícola de subsistencia, sin las enormes diferencias de riqueza que se dieron en otros países de la región. En 1573, tras la repartición de indígenas en encomienda por Perafán de Ribera, el gobernador Alonso Anguciana de Gamboa llegó para consolidar la colonización del territorio. A esto se sumó la desaparición de Garabito (muerto o ya muy viejo), lo que permitió el control de gran parte del Valle Central Occidental, que se encontraba sujeto a su dominio. Además, se asentaron nuevos colonos en las ciudades de Cartago y Espíritu Santo (la antigua Aranjuez, refundada con este nombre por Anguciana de Gamboa en 1574, y luego llamada Esparza por el gobernador Diego de Artieda Chirinos), principalmente campesinos labradores, y se fortaleció el comercio por el Pacífico con Panamá a través del puerto de La Caldera en 1574. El cabildo colonial de Cartago mantuvo su jurisdicción hasta la instauración de la figura del Gobernador.
 
En el plano territorial, la Gobernación de Costa Rica se extendió desde el río Tempisque y la margen derecha del río San Juan de Nicaragua, al oeste y norte, hasta la isla del Escudo de Veragua en Bocas del Toro y el río Chiriquí en el sureste. Sin embargo, el dominio efectivo español sobre el territorio fue más pequeño: comprendió básicamente el Valle Central, la región del Pacífico seco, el Valle del río Reventazón hasta el Caribe central y parte del Pacífico sur. La capital provincial se ubicaba en Cartago. Talamanca, algunas secciones del Pacífico sur y las llanuras del norte (actual San Carlos) funcionaron como refugio para los indígenas por su difícil acceso o falta de interés de las autoridades en controlarlas. Nicoya se constituyó en una Alcaldía Mayor con fuertes lazos con la Provincia de Nicaragua en parte cimentadas por el comercio ganadero. Entre 1570 y 1581 surgieron varias villas que se fundaron primeramente como pueblos de indios, a cargo de un corregidor y bajo el adoctrinamiento religioso de frailes franciscanos: Barva, Pacaca, Aserrí y Curridabat en el Valle Occidental; Cot, Quircot, Ujarrás y Tobosi en el Valle del Guarco; Corrosí, Orosi, Turrialba, Tucurrique y Pejibaye en la zona del Reventazón; Atirro, Teotique y Chirripó en la frontera con Talamanca; Bagaces, Abangares, Chomes y Garabito en el Pacífico central; Quepos y Boruca en la zona sur; y San José Cabécar y Ara en el Caribe sur.
En el plano económico, la provincia tuvo una economía de subsistencia basada en los tributos indígenas en especie (encomienda) y en el trabajo de labradores sin derecho a encomienda (o encomenderos empobrecidos, que se volvieron campesinos), que subsistían mediante la chacra, por lo menos hasta 1610. Las rutas de comercio, que se hacía mediante mulas, se construyeron sobre los antiguos caminos prehispánicos que comunicaban el Valle Central con el Pacífico, conectando Cartago con Esparza y La Caldera, y luego, por el Caribe, Cartago con el puerto de Suerre en el Reventazón. La exportación de maíz, trigo, harina, bizcocho, sebo, cerdos y capones se daba principalmente hacia Panamá por la vía marítima, y en menor medida, hacia Granada y León en Nicaragua por vía terrestre por medio de Nicoya. A mediados del siglo XVII y hasta el siglo XVIII, se abrió un nuevo ciclo comercial con la explotación del cacao en el valle de Matina, en el Caribe central, pero su mercado quedó restringido a comerciantes extranjeros ingleses y holandeses provenientes de Jamaica, la Mosquitia o Curazao, el cual se consideraba ilegal por las autoridades españolas. En toda América española se comerciaba por medio del contrabando con los ingleses; los vecinos de Cartago, con el pretexto de visitar sus haciendas de cacao, iban a comerciar con barcos ingleses y holandeses, provocando incluso que el gobernador de Costa Rica, Serrano de Reina, fuere acusado y sentenciado por comercio ilícito. Hasta finales del siglo XVIII los españoles no empezaron a interesarse por ciertos productos agrícolas, en especial el cultivo del tabaco como principal exportación. A partir de 1787, Costa Rica recibió el monopolio de este producto, que exportaba principalmente a Granada (Nicaragua). El tabaco se cultivó principalmente en el Valle Central, lo que permitió que se consolidaran algunas poblaciones en lo que luego serían San José y Heredia. Existió también cierta explotación agropecuaria de ganado entre los pobladores de origen hispánico, sobre todo en Cartago.
 
Con el fin de concentrar a una población cada vez más dispersa, las autoridades civiles y eclesiásticas ordenaron la fundación de iglesias, oratorios y parroquias en el Valle Central. En 1707, se erigió una ermita en el valle de Barva, la cual se llamó Villa Vieja, y que hoy es la ciudad de Heredia. En 1738, se construyó la primera iglesia de la Villa Nueva de la Boca del Monte, que daría lugar a San José, poblada con habitantes provenientes de la villa de Escazú, habitada desde 1600; y en 1782, se autorizó la primera ayuda de parroquia de la Villa Hermosa, hoy ciudad de Alajuela. En el Pacífico, Esparza fue la ciudad más importante, que se fue despoblando por los ataques piratas, por lo que mucha población se trasladó hacia el valle de Bagaces, dando lugar a la población de Cañas en 1751. Hacia la segunda mitad del siglo XVIII, se inició la actividad en el puerto de Puntarenas, principalmente para comerciar tabaco, pero no fue declarado oficialmente puerto hasta 1814. En Nicoya, la actividad ganadera con Nicaragua permitió una fuerte influencia de esa provincia en toda la región hasta el valle del Tempisque, la cual, sin embargo, contaba con una población dispersa, por lo que en 1769 se fundó una ermita en un importante cruce de caminos. De esa manera surgiría la ciudad de Liberia.
 
El número de oficiales del gobierno y de representantes de la Iglesia fue menos relevante, por lo que la provincia de Costa Rica desempeñó sólo un papel menor en la Capitanía General de Guatemala; todo ello provocó una evolución diferenciada del resto de América Latina.
 
La población indígena, que siempre fue escasa, disminuyó aún más debido a las guerras de conquista, y a las enfermedades traídas de Europa a partir especialmente de 1650. Los pocos indígenas que quedaron en la provincia de Costa Rica en ese entonces, debieron realizar servicios personales a los peninsulares, ya que estos carecían de suministros de leña, cuidado del ganado, el cultivo del maíz y del trigo, los oficios domésticos entre otros. Hubo varias rebeliones indígenas: en 1610, la ciudad de Santiago de Talamanca, fundada en 1605 por Juan de Ocón y Trillo, fue incendiada por los pueblos ateo, viceita, térraba y cabécar al mando del rey Guaycorá, señor del Caribe sur, lo que inició una época muy violenta en la región, que se extendió hasta 1620; en 1678, los urinamas, utilizados en las plantaciones de cacao desde 1670, huyeron hacia las montañas de Talamanca, lo que motivó que la Audiencia de Guatemala prohibiese el uso de indígenas en estas plantaciones, y se trajese mano de obra africana para realizar este trabajo entre 1680 y 1690. Muchos de estos africanos fueron llevados a vivir a la periferia de Cartago, donde dieron lugar a los pardos, que fundaron su propia villa: la Puebla de los Ángeles de Cartago, conocida también como la Puebla de los Pardos. Fue en esta villa donde se encontraría algunos años después, la imagen de una virgen negra y de talla rústica (en contraposición a la virgen blanca y más fina, la Señora del Rescate de Ujarrás, imagen regalada por el rey Felipe II de España a los habitantes de Cartago en el siglo XVI y a quien se atribuyó la retirada de los piratas de Henry Morgan en 1666), por parte de una mulata llamada Juana Pereira. El culto a la «Negrita», la Virgen de los Ángeles, permitió satisfacer las necesidades espirituales de las masas campesinas mestizas, mulatas y españolas, permitiendo de alguna manera una mayor integración de estos grupos sociales.
 
La rebelión más importante que se recuerda, no obstante, fue la que protagonizaron los reyes indígenas Presbere, cacique bribri de Suinse, y Comesala, señor de los cabécares, en 1709, quienes aglutinaron bajo su mando a los borucas, cabécares, bribris y terbis (tradicionalmente rivales entre sí), y con la sistemática destrucción de catorce ermitas, recuperaron la soberanía de sus territorios en Talamanca, obligando a frailes franciscanos y soldados españoles a huir hacia Cartago. Los españoles organizaron una contraofensiva en 1710, capturando 700 indígenas, Presbere entre ellos, el cual fue ejecutado en Cartago el 4 de julio de 1710. La rebelión de Presbere, sin embargo, permitió que los indígenas de Talamanca continuaran dominando la región a pesar de los españoles, cuyo control no logró extenderse hacia esa región y permitió, de esa manera, que las tradiciones de estos pueblos indígenas lograsen persistir hasta la actualidad. Las llanuras del norte, finalmente, permanecieron ajenas al control español salvo algunas expediciones misioneras de frailes franciscanos, por lo que permanecieron en control de los indígenas guatusos hasta 1860, cuando comenzaron a ingresar buscadores de caucho a la región.
 
Durante el siglo XVII, el país se vio azotado por las constantes invasiones de piratas provenientes del Reino de la Mosquitia (litoral atlántico de Honduras y Nicaragua), una especie de protectorado británico que duró hasta fines de siglo XIX. En 1666, se dio la primera invasión a cargo de Eduard Mansvelt y Henry Morgan, que penetró en territorio costarricense en abril y saqueó la villa de Matina. Esta invasión fue repelida con una batalla en Turrialba y varios piratas fueron fusilados. Pero el camino ya estaba señalado para los piratas y por ello siguieron saqueando la región; además, al arrasar con las cosechas de cacao, destruían la principal actividad económica del momento, lo cual generó serios trastornos en la economía colonial. En 1676, 1681 y 1687, Matina fue de nuevo invadida y arrasada por los piratas. En 1742 los españoles construyeron el fuerte San Fernando, en Matina, pero éste duró pocos años, pues fue destruido en una incursión pirata en 1747, por lo que la costa caribeña siguió desguarnecida. La costa pacífica tampoco escapó a la acción de los piratas; ya que en 1681, John Cook, luego de una acción de saqueo en Perú, arribó a las costas de Guanacaste, saqueando villas como Chomes y Diriá e incluso incendió la ciudad colonial de Nicoya. En 1685 y 1686 le tocó el turno a Esparza, la cual fue saqueada y destruida.
 

Hacia 1778, se realizó el censo borbónico, que permitió conocer la composición étnica de la población: 12% indígenas; 18% negros y mulatos; 60% mestizos "claros" (según consta en el documento), y 10% españoles.52 Socioculturalmente, era un mundo de campesinos y comerciantes donde se imponía una cultura criolla-mestiza que incorporaba elementos africanos e indígenas. Costa Rica, con apenas 50 000 habitantes hacia 1800, no tenía suficiente población para colonizar todo el territorio nacional. Las enfermedades tropicales, de pantanos, y la falta de tierras fértiles, la escasez de mano de obra por ser tierras poco aptas para la poblaciones densas, los limitados recursos mineros, y lo accidentado del terreno que conforma la mayoría del Valle Central (el área fértil del país, donde finalmente se pudieron realizar asentamientos y ciudades) se unieron para que la colonización española fuera muy lenta y se enfrentara a serias limitaciones económicas para poder llevarse a cabo. Costa Rica fue entonces la provincia más austral y pobre de la Nueva España. Al término del periodo colonial, coexistían en Costa Rica dos sociedades: la de origen hispánico, implantada en el Valle Central y con prolongaciones hacia el Caribe central y Pacífico seco, central y sur; y la sociedad indígena que no pudo ser sometida en Talamanca, las llanuras de los guatusos y parte del Pacífico sur. 

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